BRASIL: CUANDO LOS PUEBLOS SE NIEGAN A ENTREGAR LA ESPERANZA
Por Jaime Gómez Alcaraz - Analista Internacional
Hay victorias que se cuentan en votos. Y hay otras, como la de Lula en Brasil, que se cuentan en sueños, en luchas, en las heridas de la historia y en la obstinada voluntad de los pueblos de no renunciar a su futuro.
No es solamente la victoria de un hombre ni de un partido. Es la victoria de millones de brasileños que han decidido defender la democracia y sus conquistas sociales. De quienes todavía creen que la política debe servir para combatir el hambre, reducir las desigualdades y devolverles la dignidad a quienes siempre han vivido al margen de la abundancia.
Su victoria es también un triunfo del progresismo latinoamericano y mundial, y un freno a la ola de extrema derecha, con sus expresiones fascistas, que amenaza las conquistas democráticas y sociales de nuestros pueblos.
En tiempos en que resurgen los viejos fantasmas del autoritarismo, disfrazados con ropajes modernos y alimentados por poderosas maquinarias de propaganda, el pueblo brasileño ha demostrado que la historia no tiene por qué caminar hacia atrás.
No es poca cosa. Vivimos una época en la que algunos pretenden convencernos de que la solidaridad es una debilidad, que la justicia social es una amenaza y que los derechos conquistados por generaciones enteras son privilegios que deben desaparecer. Una época en la que el racismo y el desprecio por los pobres encuentran tribunas desde las cuales proclamar sus miserias como si fueran virtudes.
Por eso lo ocurrido en Brasil importa tanto. Porque esta victoria también alimenta las esperanzas de los trabajadores argentinos que defienden sus derechos, de los campesinos colombianos que reclaman tierra y paz, de los pueblos indígenas que protegen sus territorios y de millones de seres humanos que se niegan a aceptar que la riqueza de unos pocos deba construirse sobre la miseria de tantos.
América Latina conoce demasiado bien el precio de perder la democracia. Sus tierras guardan la memoria de los desaparecidos, de las cárceles, de los exilios y de las generaciones a las que quisieron robarles hasta el derecho de soñar. Pero esta América nuestra también ha aprendido a levantarse.
La victoria de Lula no significa que hayan desaparecido las amenazas ni que los enormes problemas de Brasil estén resueltos. La extrema derecha seguirá buscando maneras de dividir a la sociedad. La pobreza y las injusticias no desaparecen con el recuento de los votos. Pero hoy hay razones para celebrar. Porque esta victoria nos recuerda algo que los poderosos quisieran hacernos olvidar: los pueblos no están condenados a obedecer eternamente.
Que el triunfo de Lula sirva para fortalecer la unidad del progresismo latinoamericano, recuperar la solidaridad entre nuestros pueblos y demostrar que otro mundo sigue siendo posible. No por milagro ni por generosidad de los poderosos, sino por la voluntad colectiva de quienes nunca han dejado de luchar. Hoy celebramos a Lula. Pero, por encima de todo, celebramos al pueblo brasileño. A quienes resistieron, a quienes enfrentaron la presión del imperialismo norteamericano y el sionismo israelí, a quienes no se dejaron vencer por el miedo y a quienes siguieron creyendo que la esperanza no es una ingenuidad, sino una forma de resistencia.
Porque la historia no pertenece a quienes pretenden detenerla. Pertenece también a quienes se atreven a cambiarla.

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