EL DÍA QUE LAS SOMBRAS VUELVEN AL PALACIO

Por Jaime Gómez Alcaraz - Analista Internacional


Hay días que no llegan: regresan.

Hoy 7 de agosto no es, para mí, el nacimiento de un nuevo gobierno. Es el regreso de un viejo país. El país donde el poder habla más fuerte que la justicia, donde las preguntas estorban, donde cuestionar cuesta la vida, donde la verdad aprende a caminar con la cabeza agachada. Colombia conoce ese paisaje. Lo ha recorrido demasiadas veces para fingir sorpresa.

No reconozco la legitimidad política de Abelardo de la Espriella (ADLE). No porque haya triunfado un adversario ideológico. Parte del encanto de la democracia consiste precisamente en aceptar la diferencia. Lo que no puedo aceptar es que el fascismo llegue al palacio de gobierno y que las sombras cubran el camino que lo condujo hasta la Casa de Nariño. El hecho evidente que ADLE haya abrazado la ciudadanía estadounidense y que haya jurado lealtad a Estados Unidos lo hace indigno de ser presidente de Colombia. Pero también permanecen abiertas denuncias sobre irregularidades electorales, controversias judiciales sin resolver y profundas dudas que nunca encontraron una respuesta capaz de devolverle tranquilidad al país. Una demanda ante las Cortes que solicita la nulidad de las elecciones presidenciales está admitida y en estudio. La legitimidad no nace únicamente del conteo de los votos. También necesita confianza. Y la confianza no se decreta: se construye con transparencia.

Tampoco puedo ignorar la intervención que ejercieron intereses extranjeros sobre el destino político de Colombia. Donald Trump, profundamente involucrado en el caso Epstein, intervino descaradamente en el proceso electoral colombiano apoyando abiertamente a ADLE. Denuncias sobre la injerencia del estado genocida de Israel se han dejado oír también.

Ninguna nación puede llamarse plenamente libre cuando otros pretenden decidir quién debe gobernarla. Un país deja de pertenecer a sus ciudadanos cuando comienza a obedecer voces que hablan desde fuera de sus fronteras.

Pero quizá lo más inquietante no sea el hombre que ocupará la silla presidencial, sino el séquito que lo acompaña. El gabinete anunciado parece cargar sobre sus hombros un pesado equipaje de investigaciones por corrupción, denuncias y controversias públicas. La hija de un condenado por ser testaferro de Pablo Escobar será la nueva ministra de cultura, para solo citar un caso. Será la justicia la que determine responsabilidades individuales. Sin embargo, resulta imposible no preguntarse qué idea de Estado puede edificarse cuando tantos cuestionamientos entran al Palacio por la puerta principal.

La violencia nunca llega anunciando su nombre. Se presenta disfrazada de orden. Habla de seguridad mientras alimenta el miedo. Invoca la ley mientras convierte al contradictor en enemigo. Todo cuestionamiento lo arropan con el manto de comunismo. Empieza señalando a unos pocos y termina sembrando desconfianza entre todos. Colombia aprendió esa lección con demasiada sangre como para olvidarla.

No sé cuántos años tardará el país en cerrar la página que comienza hoy 7 de agosto. Lo que sí sé es que ninguna sociedad puede vivir indefinidamente de espaldas a la verdad. Los gobiernos pasan. Los pueblos permanecen. Y la memoria, aunque intenten enterrarla bajo discursos solemnes y ceremonias oficiales, siempre encuentra la manera de regresar.

Por eso no celebraré esta posesión presidencial. Es la llegada de la desesperanza, el odio y el fascismo a los corredores del poder. Hoy reafirmo mi compromiso con una Colombia distinta: una donde la soberanía no se arrodille ante poderes extranjeros; donde las instituciones no sirvan al gobernante sino al ciudadano; donde el poder no sea una herencia de las viejas oligarquías sino una responsabilidad frente al pueblo, donde los derechos no sean un privilegio para unos cuantos sino una verdad indiscutible para todos. Donde la vida no sea asesinada en primavera, como afirmábamos hace unas décadas.

Porque los pueblos pueden ser derrotados por un tiempo, pero nunca para siempre. La historia tiene una obstinación admirable: siempre termina llamando a cuentas a quienes confundieron el gobierno con el botín y la patria con una propiedad privada. Ese día llegará si nos ponemos en modo resistencia: organización, educación, movilización.

Y mientras tanto, hagamos nuestras las palabras del inmortal Allende: “mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el Hombre libre, para construir una sociedad mejor". Entonces Colombia volverá a ser el país de la belleza.

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