DESPUÉS DE LA PRIMERA VUELTA: LA LUCHA CONTINÚA
Por Jaime Gómez Alcaraz - Analista Internacional
La jornada electoral de ayer quedará grabada en la memoria de millones de colombianos. No solamente porque definió quiénes avanzan a la segunda vuelta presidencial, sino porque volvió a poner sobre la mesa una pregunta fundamental: ¿hasta qué punto se está respetando plenamente la voluntad popular del pueblo colombiano?
Quienes participamos activamente en esta campaña sabíamos que nos enfrentábamos a una disputa política difícil y muchos sabíamos de los riesgos enormes de irregularidades en el proceso electoral en distintos rincones del país. Durante toda la jornada circularon testimonios, reportes ciudadanos y denuncias sobre situaciones que merecen ser investigadas con absoluta transparencia.
Y para citar solo dos preguntas que exigen respuesta, se pueden nombrar estas que son particularmente preocupantes: ¿por qué fueron modificados o trasladados algunos puntos de votación a última hora, dificultando o incluso impidiendo que miles de ciudadanos pudieran ejercer su derecho democrático al voto? En una democracia seria, cualquier decisión administrativa que termine afectando el acceso de los ciudadanos a las urnas debe ser explicada con claridad y sometida al más estricto escrutinio público. O por qué personas que no habían votado, cuando llegaron al puesto de votación se encontraron con que su voto ya había sido depositado.
Por esa razón, el pronunciamiento del compañero presidente Gustavo Petro llamando a esperar los escrutinios antes de aceptar como definitivos los resultados del pre-conteo no puede ser presentado como un gesto caprichoso o irresponsable. Los pre-conteos son apenas una herramienta informativa. Los escrutinios son los que determinan oficialmente el resultado electoral. Y cuando existen denuncias, inconsistencias o dudas razonables, lo correcto es exigir transparencia, no silencio.
A partir de hoy se abren tres frentes de trabajo que avanzarán simultáneamente.
El primero es el frente jurídico. Corresponderá a los abogados, testigos electorales y equipos especializados revisar acta por acta, mesa por mesa, voto por voto. La defensa de la democracia también se libra en los escrutinios.
El segundo es el frente político. La segunda vuelta exigirá construir nuevas mayorías sociales y políticas. Será necesario dialogar con sectores que, aunque no compartan plenamente nuestro proyecto, entienden la importancia de defender la democracia, la soberanía nacional y las transformaciones sociales iniciadas durante estos años.
El tercer frente es el activismo ciudadano. Y es allí donde miles de nosotros tenemos una responsabilidad directa. Convencer. Argumentar. Escuchar. Seducir políticamente. Hablar con quienes aún tienen dudas. Conversar con quienes se abstuvieron. Llegar a cada colombiano posible. Ninguna campaña se gana únicamente desde las direcciones nacionales. Las campañas se ganan también en las conversaciones cotidianas, en los barrios, en las familias, en los espacios de trabajo y en la diáspora colombiana repartida por el mundo.
También resulta revelador observar la rapidez con la que sectores de la derecha comenzaron a reagruparse tras conocerse los resultados de la primera vuelta. Durante meses intentaron presentarse como proyectos diferentes, con matices y visiones propias. Sin embargo, bastaron unas pocas horas para comprobar que las contradicciones entre ellos eran mucho menos profundas de lo que pretendían mostrar durante la campaña. La candidata Paloma Valencia ofreció rápidamente su respaldo a Abelardo de la Espriella, evidenciando la existencia de un bloque político dispuesto a cerrar filas alrededor de una misma estrategia de poder. Ese apoyo, sin embargo, no fue replicado automáticamente por su fórmula vicepresidencial, quien expresó públicamente su desacuerdo con respaldar al candidato que, según los resultados divulgados por la Registraduría Nacional, había obtenido la mayor votación. El episodio puso de manifiesto que incluso dentro de ese sector existen voces que observan con preocupación el rumbo político y el discurso radical que ha caracterizado a la candidatura de la extrema derecha.
Pero sería ingenuo analizar esta elección sin observar el contexto geopolítico que la rodea.
Desde hace meses hemos visto señales preocupantes de intervención política estadounidense en los asuntos internos de Colombia. La nueva estrategia de la administración Trump hacia América Latina busca reconstruir mecanismos de influencia directa sobre gobiernos y procesos políticos de la región. Colombia, por su importancia estratégica, ocupa un lugar central dentro de esa visión.
Resultó especialmente grave la actuación del senador republicano Bernie Moreno, quien realizó declaraciones que muchos colombianos interpretaron como una amenaza directa contra la soberanía nacional al advertir sobre las consecuencias de que Colombia tomara el "camino equivocado" en estas elecciones. Más preocupante aún resulta que quien emitía esas declaraciones fuera presentado simultáneamente como observador internacional del proceso electoral.
La observación electoral internacional debe servir para fortalecer la confianza democrática, no para intervenir en el debate político interno ni para presionar al electorado. Un observador internacional tiene la obligación de actuar con neutralidad. Cuando abandona esa neutralidad y emite mensajes políticos dirigidos a influir sobre el resultado electoral, deja de comportarse como observador y pasa a convertirse en un actor político dentro de la contienda.
Tampoco puede ignorarse el deterioro del debate democrático que hemos presenciado durante esta campaña. Algunos sectores de la derecha han sustituido los argumentos por la estigmatización. El caso más evidente fue el tono agresivo y violento empleado por el candidato de extrema derecha, Abelardo de la Espriella, quien llegó a calificar de terrorista al candidato del Pacto Histórico. Ese tipo de lenguaje no contribuye a fortalecer la democracia. Por el contrario, profundiza los antagonismos a niveles que amenazan la conivecncia pacífica y alimenta una lógica de enemigo interno que tanto daño le ha hecho a Colombia durante décadas.
Cuando los adversarios políticos dejan de ser vistos como competidores democráticos y pasan a ser tratados como enemigos absolutos, la convivencia democrática comienza a deteriorarse.
Todo ello muestra que la disyuntiva hoy es entre democracia, encarnada en un proyecto de cambio y reformas democráticas representadas por el binomio Iván Cepeda y Aida Quicué o autoritarismo encarnado en el candidato de la extrema derecha Abelardo de la Espriella y su fórmula vicepresidencial, quien no ha dudado en afirmar que de llegar a la presidencia extirpará a la izquierda.
Por eso la tarea de las próximas semanas es doble. Debemos defender cada voto en los escenarios institucionales y, al mismo tiempo, ampliar el respaldo ciudadano al proyecto de transformación democrática que representamos. Esta es una lucha por la supervivencia democrática de la nación.
Nada está decidido.
La historia de Colombia demuestra que las victorias populares nunca han sido fáciles. Siempre han enfrentado enormes obstáculos, poderosos intereses económicos, campañas de miedo, exterminio físico a líderes políticos de izquierda y líderes sociales, estigmatización mediática y presiones internacionales.
Pero también demuestra que cuando la ciudadanía se organiza, participa y persevera, puede cambiar el rumbo de la historia.
Hoy no es momento para la resignación. Es momento para la organización.
No es momento para el desánimo. Es momento para la movilización.
No es momento para bajar los brazos. Es momento para redoblar esfuerzos.
La segunda vuelta ya comenzó. Y cada conversación, cada argumento, cada ciudadano convencido y cada voto defendido pueden marcar la diferencia.
Seguimos adelante.
Y seguimos convencidos de que la esperanza, la organización y la voluntad democrática del pueblo colombiano pueden abrir el camino hacia la victoria.
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