EL EXILIO DE LA PALOMA
Por Jaime Gómez Alcaraz - Analista Internacional
Hay imágenes que no necesitan sangre para doler. Basta una ausencia. Basta un símbolo retirado del lugar donde alguna vez se quiso sembrar esperanza.
La Paloma de la Paz del escultor Fernando Botero, y que estaba ubicada en el Palacio de Nariño, no era únicamente una escultura. Era una promesa de bronce y de memoria. Muchas veces el arte puede hacer aquello que la política tantas veces olvida: recordarnos que la paz no es un decreto ni una firma, sino un acto cotidiano de esperanza en que todos los seres humanos tendremos las ismas posibilidades frente a la vida. Sacarla del Palacio de Nariño es un gesto que trasciende el traslado de una obra. Es como si un país decidiera guardar en una bodega la posibilidad de reconciliarse consigo mismo. Es como si la paz marchara al exilio porque el fascismo toma posesión del lugar.
Los símbolos hablan. A veces hablan más fuerte que los discursos. Mientras unos desmontan una paloma, otros levantan nuevamente el lenguaje de la sospecha, del enemigo, de la guerra interminable. Colombia conoce demasiado bien ese idioma. Está escrito en los cementerios, en los ríos que cargan nombres sin tumbas, en las montañas donde el silencio aprendió a confundirse con el miedo.
Quizá la paloma encuentre otro techo, otro salón o algún museo donde el polvo la cubra con paciencia. Pero el verdadero peligro no es el destino de la escultura. El verdadero peligro es que terminemos creyendo que la paz también puede embalarse, levantarse entre varias personas y desaparecer discretamente por una puerta de servicio.
Porque cuando una nación empieza a retirar sus símbolos de paz, corre el riesgo de acostumbrarse, otra vez, a decorar sus salones con los viejos fantasmas de la guerra. Y los fantasmas, a diferencia de las palomas, nunca necesitan que alguien les abra la puerta para volver.
Y, sin embargo, las palomas conocen un secreto que los poderosos olvidan: siempre regresan. Llegará el día en que esa paloma vuelva a ocupar el lugar del que hoy sale. Regresará cuando los tiempos del fascismo sean apenas una amarga página de la historia; cuando el odio deje de gobernar los gestos del poder y Colombia vuelva a comprender que ninguna nación se hace grande humillando la esperanza. Entonces, la escultura de Botero dejará de ser un recuerdo incómodo para convertirse otra vez en un abrazo de bronce entre los colombianos. Y quizás, al verla de nuevo en el Palacio de Nariño, descubramos que no era la paloma la que había estado ausente todo ese tiempo: era el país el que había extraviado el camino de regreso a la paz.
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