¡ABELARDO DE LA ESPRIELLA NO ES MI PRESIDENTE!
Por Jaime
Gómez Alcaraz – Analista Internacional
No
reconozco la legitimidad de Abelardo de la Espriella como presidente de
Colombia.
No porque
haya perdido una opción política determinada, sino porque considero que el
proceso electoral aún está rodeado de graves cuestionamientos que, a mi juicio,
impiden dar por plenamente legitimado su resultado. Existen centenares, sino
miles de denuncias sobre presuntas irregularidades electorales que siguen sin
ser esclarecidas; numerosas acciones judiciales continúan pendientes de
decisión entre ellas la tutela que yo mismo interpuse y que aún no ha sido
resuelta. Para no hablar de los 3 millones y medio de firmas falsas que utilizó
para registrar su candidatura y que para el Consejo Nacional Electoral fue apenas
un detalle en el paisaje.
Tampoco se
ha investigado con la profundidad que merece la descarada injerencia de Donald
Trump, el pedófilo presidente de Estados Unidos, en el proceso electoral
colombiano, un asunto cuya gravedad trasciende cualquier diferencia ideológica
y que, afecta de plano la validez misma de las elecciones.
La
democracia no consiste únicamente en depositar un voto. También exige que las
controversias sean investigadas de manera independiente, transparente y
exhaustiva. Sin verdad no puede haber confianza; sin confianza, la legitimidad
democrática queda inevitablemente debilitada.
Existe
además un hecho que, para mí, tiene un enorme significado político y ético. Por
primera vez, Colombia será gobernada por una persona que decidió adquirir la
ciudadanía estadounidense y, al hacerlo, prestó el juramento de lealtad exigido
por ese Estado. Aunque la doble nacionalidad pueda ser jurídicamente válida,
considero que reviste de una ilegitimidad incuestionable la elección de ADLE y
por ello es lógico preguntarse qué implicaciones políticas tiene que quien
ocupa la más alta magistratura de Colombia haya asumido previamente un
compromiso formal de lealtad hacia otro país por encima del nuestro.
A ello se
suma una profunda discrepancia con el proyecto político del nuevo gobierno.
Considero que varias de sus propuestas representan una cesión de soberanía
nacional al supeditar decisiones estratégicas del Estado colombiano a los
intereses de otra potencia. Un país verdaderamente soberano decide su destino
desde Bogotá, no desde los corredores de Washington.
No escribo
estas líneas desde el odio ni desde el sectarismo. Las escribo porque creo que
la democracia exige ciudadanos capaces de cuestionar al poder, de defender la
soberanía nacional y de exigir que toda autoridad nazca de un proceso electoral
libre de cualquier duda razonable.
Mi
compromiso sigue siendo con Colombia, con su pueblo y con el derecho de los
ciudadanos a exigir elecciones plenamente transparentes, instituciones
independientes, garantía a sus derechos sociales, civiles, político y económicos
y una soberanía que no esté subordinada a intereses extranjeros.
Por todo
ello, estos son tiempos de resistencia. El fascismo es la antípoda de la acción
política democrática. Con el fascismo no se negocia, al fascismo se le resiste con
organización, conciencia y se le desenmascara en cada espacio. ¡El fascismo no
pasará en Colombia!
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