HAY FECHAS QUE NO PASAN: SE QUEDAN VIVIENDO EN LA PIEL
Por Jaime Gómez Alcaraz - Analista Internacional
El 19 de abril no es un número en el calendario, es una grieta por donde se coló la rebeldía en un país acostumbrado a que le bajaran la cabeza. De esa grieta nació el M-19, hijo de una rabia vieja y de una esperanza terca, de esas que no piden permiso.
Dicen que fue una guerrilla, pero se quedan cortos. Fue también un gesto, una travesura histórica, una manera distinta de decir “aquí estamos” cuando los de siempre decían “ustedes no cuentan”. Mientras otros hablaban en voz grave y uniforme, el M-19 hablaba con picardía, con símbolos, con golpes de imaginación. Recuperar una espada para recordar que la dignidad no se rinde. Eso no lo enseñaban en ningún manual.
Pero esa historia no se escribió sola. Tiene nombres, rostros, risas, silencios. Ahí caminan todavía Jaime Bateman Cayón, con su manera de hacer de la política una conversación de pueblo; Carlos Pizarro Leongómez, que cambió el fusil por la palabra y pagó ese gesto con la vida; Israel Santamaría, Germán Rojas, Pacho Paz, Jaime Bermeo y tantos otros que no caben en las listas pero sí en la memoria. Compañeros desaparecidos, asesinados, caídos en combate, sembrados a la fuerza en la tierra que soñaban transformar.
Sin esa sangre, sin ese pulso colectivo, el M-19 no habría sido más que una idea bonita. Fueron ellos, los que se jugaron el cuerpo entero, los que hicieron de esa idea una llama. Cada ausencia pesa, pero también empuja. Cada nombre es una semilla que sigue diciendo “no se rindan”.
Ahí estaban todos los que hoy no nos acompañan en vida, los que no aceptaron el guion escrito por la oligarquía. Los que decidieron que la democracia no era un favor sino un derecho. Los que eligieron caminar del lado de los nadies, de los sin voz, de los invisibles que sostienen el mundo sin aparecer en la foto. No eran perfectos. Nadie que esté vivo lo es. Pero tenían algo que escasea: coraje con ternura. Y esa mezcla, peligrosa y hermosa, los volvió inolvidables.
También supimos, en un momento decisivo, que la guerra no podía ser el destino. El M-19 apostó por la paz, se sentó a negociar con el gobierno de entonces y decidió hacer dejación de las armas. Yo estuve ahí, en esa primera comisión de negociación, mirando de frente a la historia mientras cambiaba de rumbo. Para nosotros, las armas nunca fueron un fin sino apenas un medio, un lenguaje duro que buscaba abrir oídos sordos. Y cuando las entregamos, no nos rendimos: abrimos otra puerta. Dejamos atrás el estruendo para intentar la palabra, y en ese gesto nacieron nuevos caminos de acción política, más frágiles quizá, pero también más profundos.
El M-19 no marchó en fila india ni repitió consignas gastadas. Pensó distinto. Se salió del molde. Se atrevió a reír en medio de la tragedia, a inventar caminos cuando todos señalaban callejones. Por eso se metió en el corazón de los colombianos, no a punta de miedo sino de complicidad.
Y hoy, medio siglo después, la historia hace una de esas piruetas que parecen imposibles: uno de los suyos se sienta en la silla donde antes se sentaban los que no los escuchaban. Gustavo Petro llegó por los votos, no por las balas, empujando esa vieja terquedad de creer que Colombia puede ser otra cosa.
No es poca cosa. Tampoco es garantía de nada. La historia no regala finales felices, apenas abre puertas. Pero ahí sigue latiendo aquella idea: un país donde la democracia no sea disfraz, donde la paz no sea promesa incumplida, donde los de abajo no tengan que pedir permiso para existir.
Quizá de eso se trata cumplir años: no de contar el tiempo, sino de medir cuánto de ese fuego sigue encendido.
Y por lo visto, todavía arde.
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