8 DE MARZO: MEMORIA, LUCHA Y ESPERANZA
Por Jaime Gómez Alcaraz - Analista Internacional
El 8 de marzo no nació como una celebración simbólica. Surgió de luchas concretas de mujeres trabajadoras que, a comienzos del siglo XX, salieron a las calles para exigir derechos básicos: jornadas laborales dignas, salarios justos y participación política. En 1910, durante la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague, la dirigente alemana Clara Zetkin propuso establecer un día internacional de lucha por los derechos de las mujeres. Poco después, movilizaciones masivas en Europa y la huelga de mujeres en Rusia en 1917 terminaron por consolidar esta fecha en la historia del movimiento feminista.
Por eso el 8 de marzo no es un gesto decorativo ni una fecha para discursos vacíos. Es un día de memoria, de protesta y de compromiso.
También es necesario decirlo con claridad: el patriarcado no es una idea abstracta. Es una estructura de poder que sigue organizando desigualdades reales. Está presente en la violencia contra las mujeres, en la brecha salarial, en la distribución injusta del trabajo de cuidados y en instituciones que continúan reproduciendo privilegios masculinos.
Esa misma lógica de dominación también está profundamente ligada a la guerra. Las guerras no aparecen de la nada. Nacen de una cultura política que glorifica la fuerza, la conquista, la competencia y la dominación. Durante siglos, el poder se ha asociado a valores construidos desde una masculinidad militarizada: imponer, conquistar, controlar, vencer. La guerra es, en ese sentido, una de las expresiones más brutales de esa lógica patriarcal.
Las consecuencias recaen de manera desproporcionada sobre las mujeres. En muchos conflictos, sus cuerpos se convierten en territorios de guerra a través de la violencia sexual sistemática. Al mismo tiempo, son ellas quienes sostienen la vida cotidiana en medio de la destrucción: cuidan a los heridos, mantienen a las familias, reconstruyen comunidades arrasadas. Mientras tanto, las decisiones que llevan a la guerra suelen tomarse en espacios de poder históricamente dominados por hombres.
Rechazar el patriarcado implica también rechazar esa cultura de la guerra. Significa cuestionar un modelo de poder que se sostiene en la violencia y la imposición, y abrir paso a una política basada en el cuidado, la justicia y la dignidad humana.
Desde mi lugar, el compromiso es sencillo de expresar aunque no siempre fácil de practicar: escuchar, cuestionar los privilegios heredados y actuar.
Y aun así hay motivos para la esperanza. Cada 8 de marzo millones de mujeres salen a las calles en todo el mundo para dejar oir su voz respecto a las realidades que diariamente deben enfrentar, dependiendo del factor de poder que las excluye. Con ellas marchan también hombres que entienden que esta lucha nos concierne a todos. En esa presencia colectiva hay una señal clara: las cosas pueden cambiar. Y, de hecho, ya están cambiando. ✊🏽💜
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